Sentir, luchar, vencer ... podemos

sábado, junio 23, 2007

Los recuerdos, me quedan todos



Andrés nos manda este emocionante texto sobre los supervivientes de la Shoá y como el horror perdura en su memoria:

Una vez, hubo aquí una familia,
por Lizy Dorón (2002) (fragmento de un poema)
Traducido por Tamara Rajczyk, con fines pedagógicos. Difundido por Andrés

“En los comienzos de los cincuenta se levantó en el Estado de Israel una nueva tierra, es la tierra de aquí. En esta tierra vive un pueblo en vías de extinción que vino de la tierra de allí.
Sus habitantes llegaron por necesidad, con sus únicas posesiones: una lengua extranjera, raras costumbres, recuerdos y pesadillas. Después del caos de la tierra de allí, se impusieron a sí mismos realizar una fundación: levantar un mundo nuevo.
En la tierra de aquí vivió Elena, mi madre, después de haber muerto en la Segunda Guerra Mundial y aquí me crió ella sola.
En los comienzos de los años noventa, después de que mi madre se muriera por segunda vez, se reunieron y vinieron a rendirle un último homenaje aquellos que todavía quedaban en la tierra de aquí e hicieron revivir a quienes ya no estaban más.
Y esta tierra, que ya hace muchos años acompaña a sus agonizantes muertos, renació: solamente durante siete días se constituyó nuevamente en el mundo una tierra desconocida, una tierra que fue mi patria y mi familia”.

Así comienza esta novela. Durante los siete días de duelo por la muerte de Elena, a comienzos de los noventa, se vuelven a encontrar en la tierra de aquí el pasado y el presente, los muertos y los vivos, los hijos y los padres. La narradora revive escenas en las que el humor se mezcla con la tragedia durante la infancia en la que los niños del barrio no comprendían los gritos durante las noches, los caprichos inexplicables de sus padres, las raras actitudes de los vecinos que habían venido todos de la tierra de allí.
Una mujer adulta recuerda sus vivencias de la infancia. Y recién entonces, esa mirada le permite comprender el mundo que vivió cuando era niña. La segunda generación creció en hogares de sobrevivientes, en un mundo lleno de silencios y secretos, de situaciones incomprensibles para los niños.

“Cuando llegamos mi madre y yo a la sucursal bancaria del barrio caía la primera lluvia de otoño.
- “Quiero abrir una cuenta de ahorro para mi hija”- le dijo al empleado con orgullo- “es para cuando llegue a la universidad”.
El joven empleado pidió amablemente el nombre de mi madre y ella respondió:
- “Elena, escribí: E-L-E-N-A”. Y también deletreó su apellido.
- “¿Y la dirección?, preguntó el empleado mientras levantaba la vista por encima de sus anteojos.
- “Auschwitz, barraca dos, frente a los crematorios”, respondió.
El empleado se quedó paralizado. Yo permanecí en silencio.
Quizá para suavizar la respuesta, mi madre agregó:
- “A veces estoy en Cracovia, a veces estoy en Plashov, a veces en Buchenwald, pero al final, joven, siempre estoy en Auschwitz”.

(…)
“En el camino a casa, caminábamos una detrás de la otra sin mirarnos ni decir palabra. De repente, Elena se detuvo y elevó sus ojos al cielo.
- “Él no se llevó todo”- dijo con amargura- “Justamente los recuerdos me los ha dejado, a todos”. Después me clavó una mirada torturada, suspiró y agregó:
- “Así soy yo, zijroní librajá”.
Expresiones como “la tierra de allí” y “Planeta Auschwitz” fueron acuñadas por los sobrevivientes para denominar algo que no podían poner en palabras. A diferencia de la añoranza por la tierra prometida de la que fueron expulsados los judíos con la destrucción del Segundo Templo, los sobrevivientes del Holocausto no añoran esa tierra en la que vivieron y pretendieron asesinarlos, pero el azar los ayudó a permanecer vivos. Sin embargo, no pueden dejar de recordarla. Elena afirma que se quedó con todos esos recuerdos. A pesar de haber transcurrido en el pasado, constituyen su presente.
El dicho popular dice que “el tiempo hace lo suyo”. Los sobrevivientes debieron hacer terribles esfuerzos para sobreponerse a las experiencias vividas, formar familias, obtener sustento, combatir por Israel, seguir viviendo. Pero la sombra de ese trauma los acompañó siempre.
El novio rompe la copa bajo la jupá, para recordar la destrucción del templo y muchas otras desgracias que acecharon nuestra historia. En Tishá beav se añora un mundo perdido, un lugar soñado al que se quiere regresar. Como contrapartida, el Holocausto es un recuerdo permanente que los sobrevivientes no querrían rememorar, pero no pueden olvidar. No sienten nostalgia por su tierra de allí, ese sitio innombrable, no quieren regresar a ella, pero quedaron atrapados allí y no pueden salir nunca.

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