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viernes, mayo 04, 2007

La izquierda de la "señorita Pepi"


Pugilato con guantes grises
Carlos Semprún Maura
Debo hacerles una confesión: me aburrí muchísimo durante el debate televisivo entre Segoléne Royal y Nicolas Sarkozy, que duró dos horas y cuarenta minutos. Más de la mitad la dedicaron a una batalla de cifras tal que mareó, imagino, a la mayor parte de los espectadores. Sobre el empleo, los funcionarios, los impuestos, la deuda pública, el crecimiento, las pensiones, etc., todo fue un derroche de números. Pero consciente de mi deber seguí el debate e cabo a rabo, y pienso que Ségolène Royal ganó en la forma y Nicolas Sarkozy en todas las cuestiones de fondo.

Ganó la socialista en la forma por su agresividad y su petulancia. Dejó en su casa su eterna sonrisa telegénica e interrumpió constantemente a su adversario, muy chula. Sarkozy pareció a veces a la defensiva. Pero puede que esa agresividad, que en ciertos momentos lindaba con la histeria, no haya gustado y que, en cambio, la tranquila ironía de Sarkozy haya convencido más.
Una cosa quedó clara: Ségolène no sabe nada de nada (ni siquiera la proporción de electricidad producida por el nuclear, dijo 17% cuando en realidad es el 80%), y cada vez que surgía un tema para el que no tenia respuesta, ya se trate de las 35 horas o de Turquía, se refugiaba en un eterno "Eso lo discutiremos, eso lo negociaremos, eso se verá". Sarkozy, en cambio, se las sabe todas, tiene un programa preciso y pensado, aunque desgraciadamente poco reformista y demasiado francofrancés. Royal se refugió en detalles patéticos: como una mujer policía ha sido recientemente agredida y violada, exigió que todas las mujeres policías sean acompañadas por colegas varones cuando vuelven a sus casas. Y yo que creía que ya iban acompañadas de sus pistolas.
La cumbre de la histeria de Royal fue cuando se trató de la acogida de los niños discapacitados en las escuelas. Ségolène aprovechó ese tema sensible para insultar a Sarkozy, quien la recomendó no perder los nervios. "¡No estoy nerviosa, estoy furiosa!", exclamó ella, muy teatralmente. Claro, mentía, porque desde 2005 se han establecido las normas para acoger en las escuelas a esos niños discapacitados, pero, como siempre en Francia, muy lentamente.

Dos palabras estuvieron tan ausentes del debate como lo han estado, por cierto, de la campaña; dos palabras opuestas y esenciales, dos palabras que hubieran dado altura al cara a cara: libertad e islam. Libertad individual, libertad de emprender, de crear, de inventar; libertad. Y en cuanto al islam, no creo que merezca la pena insistir sobre su peligrosa importancia hoy en día. Por cierto, ¿qué pasa con Redeker? Nadie habla más de él.
En resumidas cuentas, fue un debate casi exclusivamente francofrancés, con tres banalidades sobre la Unión Europa, sobre la que Sarkozy propuso más o menos lo mismo que Angela Merkel y Ségolène prometió un nuevo referéndum. O sobre Turquía, Sarkozy oponiéndose a su entrada en la Unión sencillamente porque no está en Europa, sino en Asia Menor, y Ségolène, cómo no, que eso debía negociarse. Y en cuanto al mundo, silencio; no existió anoche. No creo que este debate influya en los resultados de la segunda y definitiva vuelta.



Ségolène copia a Zapatero
Jorge Vilches
El debate televisivo del 2 de mayo entre Nicolas Sarkozy y Ségolène Royal ha dejado claro qué izquierda europea se está conformando. Una izquierda que, para sorpresa, y salvo la británica, tiene como modelo a Zapatero. No sólo le tiene como referencia Romano Prodi, sino que Royal, en Toulouse, en abril, presentó a ZP como modelo de reformas y eficacia. ¿Por qué?
La izquierda europea ha fracasado en su intento de encontrar un paradigma ideológico que sustituyera al socialismo que se hizo añicos en el siglo XX. La antiglobalización, el ataque al "neoliberalismo" y el contradictorio apoyo a regímenes "alternativos" no era suficiente como para sostener un proyecto positivo. De esta manera, la izquierda ha sustituido la política por un modo de hacer política.
El modo lo es todo para esta izquierda. La cesión y la negociación son instrumentos con los que la izquierda ha sustituido las ideas y los principios. Todo es negociable: desde la "solución política" para ETA hasta la entrada de Turquía, Marruecos o Argelia en la Unión Europea. El sustento de este modo de hacer política es el relativismo moral e ideológico, el poco aprecio a los valores liberales y democráticos, los occidentales, junto a cierta idolatría hacia el multiculturalismo. Esta pose les lleva a tratar como amigos a los nuevos antisistema que tampoco quieren a Occidente: el indigenismo y el islamismo.
El modo, la negociación como política, obliga a un discurso demagógico, buenista, capaz de contentar a los que tienen algo que ganar en la interpretación laxa de la ley tanto como del relativismo en los valores y principios liberales y democráticos. La responsabilidad que asume esta izquierda es fundamentalmente con el método, con la negociación.

Esta política, trastocada en modo, empuja a la demonización del que cree en la inamovilidad de los valores que han hecho progresar a Occidente, y batir en retirada a los totalitarismos del siglo XX. El adversario, normalmente la derecha liberal, se convierte en un peligro, en una amenaza, en alguien marginable que, traducido al español, sería un "franquista, golpista, de derecha extrema".
El modo de hacer política, el "talante" que ha exportado Zapatero, lleva a la configuración de un nuevo orden de cosas, un nuevo régimen. En el caso español, sin demanda social de peso ni debate alguno, el Gobierno socialista ha emprendido el cambio del Estado de las Autonomías. Es una transformación que se inició sin saber el punto final, no sólo porque no había una reclamación popular que satisfacer, sino porque lo importante era la negociación, no los principios e ideas políticas. De igual forma, Ségolène quiere una VI República basada en reformas institucionales, la democracia social y la democracia participativa, pero tampoco ha concretado ninguno de estos tres pilares.
No podía faltar el referente histórico, ese anclaje que le permite a la izquierda presentarse con cierto toque utópico y la consabida superioridad moral. Los socialistas españoles tienen la Segunda República, y los franceses, cómo no, Mayo del 68. Y es que la izquierda no puede vivir sin mitos; incluso con esos mitos, símbolos de la represión política y social más feroz, como las banderas soviéticas que se vieron en las exiguas manifestaciones del Primero de Mayo.
Ahora bien, con esta política fundada en el modo, si gana Ségolène no vamos a tener mejor ocasión para reclamar el Rosellón francés. Y negociar.
El cáncer cerebral se extiende por la izquierda de eurabia... si tiene al iluminado de la Moncloa como referente ¿qué podemos esperar? talibanización de la sociedad (nos dicen que comer, que beber, que ...), rendición ante el enemigo (sea el que sea, cualquier tirano o terrorista les vale), idiotez (basta con verle la cara al del talante ¿no?), expolio de nuestros bolsillos (impuestos, tasas, multas, ...), pelotazos para los amiguetes, demonización del que se les oponga.
Veremos que hacen los franceses el domingo....

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