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lunes, diciembre 03, 2007

Annapolis V

Annapolis 1947
Por Julián Schvindlerman
“Annapolis” -tal como se ha identificado sencillamente a la reunión diplomática de alto nivel acontecida en la capital del estado de Maryland- ha expuesto con devastadora claridad la imposibilidad de alcanzar una paz real y duradera entre los israelíes y los árabes en general, y con los palestinos en particular. Aunque el evento fue concebido con el propósito de relanzar las tratativas de paz entre las partes y fue diseñado de manera que mostrara apoyo mundial al proyecto de la paz mesooriental, éste terminó dejando en evidencia -formalidades al margen- ya no la mera reticencia sino el contundente repudio árabe y palestino al reconocimiento del derecho a la existencia al Estado de Israel.
La Organización para la Conferencia Islámica tiene 57 estados-miembro. La Liga Árabe posee 22. A Annapolis enviaron delegaciones solamente 19 naciones árabes y/o musulmanas. Las naciones islámicas no árabes que participaron fueron Turquía, Indonesia, Malasia y Pakistán. Los países árabes presentes fueron Arabia Saudita, Argelia, Bahrein, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, El Líbano, Mauritania, Marruecos, Omán, Qatar, Sudán, Siria, Túnez, y Yemen. Ni un solo canciller árabe accedió a reunirse con la ministra de relaciones exteriores de Israel. Tampoco le fueron concedidos encuentros públicos al primer ministro israelí por parte de algún delegado árabe, debiendo contentarse éste solo con el intercambio de saludos con cuatro representantes (de Qatar, Bahrein, Marruecos y Pakistán) luego del discurso del israelí; discurso en el que, cabe recordar, Olmert instó al mundo árabe a entablar relaciones diplomáticas con el estado judío. El canciller saudita había anunciado públicamente que no estrecharía su mano con ningún israelí (“No estamos dispuestos a ser parte de una presentación teatral”, acotó el príncipe Saúd al-Faisal). Planes de una posible escala en Nordáfrica por parte de Tzipi Livni en su viaje de regreso a Israel debieron ser descartados.
Durante las semanas previas de intensa actividad preparatoria de la “cumbre”- posteriormente rebautizada como “encuentro” para significar el inicio, en lugar del fin, de las negociaciones- la prensa controlada del mundo árabe había estado publicando caricaturas fuertemente hostiles a Israel. No solamente en Siria o en la Franja de Gaza podían verse dibujos ofensivos, sino también en Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Omán, Qatar, e incluso en Jordania y Egipto; los únicos dos países de la órbita árabe que poseen tratados de paz formales con el estado judío. Diez días antes de Annapolis, las naciones musulmanas promovieron (y lograron) una iniciativa en Ginebra para que Israel sea anualmente condenada en las sesiones del supuestamente reformado Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, al haber introducido como asunto permanente de la agenda del CDH la censura de Israel. Al día siguiente de la finalización del encuentro en Maryland, unos pocos cientos de kilómetros más al norte, en Nueva York, la ONU conmemoró, como cada 29 de noviembre, el “Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino”, en el que árabes y musulmanes reprueban la Resolución 181 que recomendó el establecimiento de un estado judío y uno árabe, evento que religiosamente culmina con la adopción de una serie de resoluciones anti-israelíes en la Asamblea General.
A la luz de lo cuál nos vemos obligados a tomar con escepticismo la participación árabe e islámica en este encuentro. Ir a Annapolis a hablar de paz mientras lideran campañas de ostracismo diplomático en Nueva York y Ginebra, e incitan a las masas con estereotipos anti-israelíes en sus propios países, no es obviamente la manera más convincente de persuadir a terceros respecto de su declarado pacifismo. La noción de convocar al mundo árabe a Annapolis descansaba sobre la premisa de que el apoyo colectivo de éste al proceso de paz facilitaría la flexibilidad palestina en materia de negociación. Resulta muy claro que su conducta no ha ayudado a que este objetivo fuera alcanzado.
En cuanto a los propios palestinos, ellos se han llevado igual crédito que los árabes en el rubro intransigencia. Su obstinada determinación de no reconocer a Israel como un estado judío estuvo hecha a medida para que Annapolis resulte un fiasco. “Israel puede definirse a sí misma como guste, pero los palestinos no la reconocerán como un estado judío” aseveró Salam Fayad, el primer ministro palestino. “Los palestinos nunca reconocerán la identidad judía de Israel” aseveró Saeb Erakat, jefe del departamento de negociaciones de la OLP. “Esto es absolutamente rechazado” dijo Ahmed Qurei, el principal negociador palestino. “Este tema no está en la mesa” indicó Yasser Abed Rabbo, secretario-general del comité ejecutivo de la OLP. Por su parte, la comunidad árabe de Nazareth instó a la Autoridad Palestina a no reconocer a Israel como un estado judío. (Estas citas fueron recopiladas por el comentarista estadounidense Daniel Pipes). Esto sugiere que los palestinos pretenden resolver los problemas territoriales de 1967 sin aceptar las realidades fácticas de 1948, algo que fue reafirmado en el discurso del premier Mahmoud Abbas, cuando éste realizó dos menciones específicas a la “Nakba”, el término árabe para “catástrofe”, vocablo con que se alude en el discurso árabe a la creación de Israel. Los sirios, a su vez, en un editorial publicado en el periódico estatal Teshreen, anunciaron que viajaban a Annapolis a “frustrar el plan de Olmert de forzar a los países árabes a reconocer a Israel como un estado judío”. Atento a que la naturaleza judía del estado israelí sigue siendo cuestionada, el presidente Bush, anfitrión del encuentro, prometió en su discurso que Estados Unidos seguiría comprometido con Israel como una “patria para el pueblo judío” y preocupado por “la seguridad de Israel como un estado judío”.
Simbólicamente, el encuentro de Annapolis finalizó un día antes del sesenta aniversario de la resolución para la partición de Palestina, mediante la cuál la familia de las naciones expresó su disposición al establecimiento de un “estado judío” (tal el término exacto del texto de la resolución, el que es repetido unas treinta veces) y otro árabe. Aunque la resolución en ningún lugar habla de un “estado palestino”, hoy Israel lo reconoce como futura realidad y de hecho sus delegados fueron a Maryland -y antes a Oslo y a Camp David- dispuestos a facilitar la creación del mismo. A sesenta años de aquél crucial momento diplomático en el que las bases fueron sentadas para el establecimiento de dos estados, uno judío y el otro árabe, los interlocutores árabes y palestinos continúan estancados en las trincheras de la historia, aferrados tercamente a sus dogmas nacionalistas, y psicológicamente incapacitados de abandonar su cuestionamiento existencialista al estado de Israel.
Annapolis 2007 nos ha brindado un atípico momento de claridad conceptual: a los árabes y a los palestinos 1967 les fastidia, pero es 1948 lo que realmente les duele.

Aquí podemos oir dos interesantes entrevistas de sobre Annapolis y sobre la Partición de 1947.

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