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sábado, diciembre 01, 2007

Pasado y presente

Andrés nos ayuda a enlazar la celebración del hecho histórico que propició la creación del Estado de Israel y la actual cumbre de Annapolis:
Sin menospreciar en absoluto lo que en estos mismos momentos sucede en Anápolis, se constituyó ayer un aniversario insoslayable: se cumplieron 60 años de la decisión de partición del territorio de Palestina en dos Estados, aquél 29 de noviembre de 1947. La consecuencia inmediata de esta decisión, fue la creación de uno de esos Estados, el judío. El otro, el árabe palestino, aún está en vías de formación, precisamente en Anápolis.
La declaración de independencia de Israel no fue resultado directo de la decisión de la ONU, como puede sugerir el título de ese gran libro del uruguayo Jorge García Granados: “Así nació Israel”. No, no así, pero también así, tal como se desprende de ese párrafo clave de la Declaración de Independencia del Estado judío, leída por David Ben Gurión poco más de cinco meses más tarde de dicha resolución: “Obedeciendo a nuestro derecho natural e histórico, y fundamentándonos en la decisión de la Asamblea de las Naciones Unidas, declaramos la creación del Estado judío en la Tierra de Israel, que se llamará Estado de Israel”.
El Estado de Israel no fue únicamente consecuencia de la Declaración Balfour (2 de noviembre de 1917) ni de la decisión de la ONU 30 años más tarde, ni esta decisión producto de la Shoá (Holocausto). Todos esos momentos históricos acercaron la independencia hebrea, pero lo que la logró definitivamente fue la determinación de un puñado de judíos considerados dementes en su época (Weizman dijo en una oportunidad: no es necesario ser loco para ser sionista, pero serlo ayuda) para recuperar una patria, de resucitar un idioma, de recrear una cultura, de obligarse al trabajo físico productivo, de inventar una música y un baile, de generar una pintura y una escultura, de recuperar una gloria pasada, y en síntesis: de vivir reviviendo.
El pionero abriendo surcos en tierras inhóspitas, lavándolas de sales a orillas del Mar Muerto en Beit Haaravá, cuidando con un fusil al hombro su cosecha, él es el verdadero protagonista de la independencia hebrea, que después de declarada aún salió a defenderla para que no sea un episodio efímero.
Porque los árabes en general y los árabes palestinos en particular estaban convencidos de que Israel sería un episodio de pocas semanas o meses, e hicieron todo lo posible para que así fuese. Ahora aparecen grandes historiadores revisionistas (incluyendo a judíos israelíes por supuesto, como Benny Morris, Ilán Pappé o Tom Seguev) que pretenden demostrar que eran en realidad los israelíes los que gozaban de superioridad numérica (!) durante la Guerra de Independencia, y que me perdonen los lectores que creen que lo correcto es llamarla “guerra de 1948”. Yo no soy de la ONU. Además, si fuese un miembro de dicho organismo y fuera honesto, la llamaría también “de independencia”.
Porque es precisamente lo vinculado a ese 29 de noviembre lo que considero como el punto clave del conflicto en la región, y sospecho que, lamentablemente, una línea recta y continuada conduce desde ella hasta la actual conferencia de Anápolis.
La UNSCOP (Comité de las Naciones Unidas para Palestina) no fue la primera comisión que recomendó la partición. Lo hizo mucho antes la Comisión Peel (1937), considerando que el conflicto no tenía solución. La partición no es una solución, sino un compromiso honorable a un problema insoluble. Como todos los compromisos, no satisface enteramente a ninguno y trata de entregar el mínimo necesario a todos.
La partición diseñada por la UNSCOP, más generosa para los judíos que la de Peel, le otorgaba a éstos el 51% de lo que quedaba de Palestina después de creado el Reino Hashemita de Transjordania (más de la mitad era un desierto), y el 49% restante a los árabes. El caprichoso mapa diseñado por la comisión muestra tres enclaves judíos unidos entre sí por dos callejones en los lugares en los cuales se tocan. No era un mapa para salir a bailar por las calles, como hicieron los habitantes judíos de Eretz Israel. Pero se bailó no por el mapa, sino por la idea del resurgimiento del Estado judío en la tierra antigua de nuestros antepasados (que se creara luego de dos milenios de sufrimiento), a pesar del mapa. Ese mapa obedecía a una necesidad de la UNSCOP de impartir la paz en la región, similar a encontrar la cuadratura del círculo o, mejor y más real, a lo que ahora se propone de dejar en manos de los palestinos los territorios de Judea y Samaria para que los administren responsablemente (¿cómo sucedió en la Franja de Gaza con el señor Kassam?). La idea era que el Estado judío albergara los lugares con mayoría judía, y el Estado árabe a los de mayoría árabe.
No hay ni puede haber discusión, de que todos los lugares en los cuales habían ciudades, colonias, kibutzim o cualquier tipo de asentamiento judío, no habían sido adquiridos por la fuerza, ni por coerción o artilugios ilegales. Bajo la atenta mirada de los turcos antes y del mandato británico después, individuos e instituciones judías se encargaron de adquirir esos terrenos y de asentar allí a colonos que se dedicaron a trabajarlos.
Hay que recalcarlo, porque cuando los árabes con el muftí Haj Amin El-Huseini a la cabeza (el amigo de Hitler y tío de Arafat), rechazaron la partición y salieron a la guerra para “arrojar a los judíos al mar”, nadie les pedía que se movieran ni un centímetro del lugar en el que estaban, ni se les arrebataban tierras que les pertenecían. Retratando la situación ya existente, se decía que allí donde estaban los judíos había un Estado de ellos y viceversa.
La negativa árabe no fue una negativa a la ocupación de su población, sino a la presencia judía. Para los árabes era injusto que los judíos tuviesen un Estado propio en una parte del territorio de Palestina, adquirido con dinero y con trabajo, sin desplazar a nadie por la fuerza.
Esa supuesta “injusticia”, fue la que el mundo, encarnado en esa mayoría de más de dos tercios en la Asamblea General de la ONU, consideró que no lo era. Por el contrario, la consideró una reparación justa y necesaria para un pueblo perseguido a lo largo de los siglos.
La pregunta ahora, precisamente en Anápolis, es si cambió algo desde entonces hasta ahora. La respuesta es dual más que ambigua: sí y no. Sí porque el Medio Oriente de hoy es diferente al de entonces y del de hace treinta años, hay acuerdos de paz con dos de los países árabes lindantes con Israel, hay un reconocimiento mutuo (al menos oficialmente) entre las entidades en pugna del gobierno israelí y la OLP. Hay que estar ciego para no entender que estamos en pleno proceso de reconciliación, o por lo menos de convivencia tolerada.
Pero la respuesta es también negativa, porque la base misma del reconocimiento, no ha variado desde entonces hasta ahora. No me refiero a los fundamentalistas islámicos que manifestaron su oposición a la conferencia de Anápolis, sino que me refiero precisamente a los otros, a los pragmáticos, a los “moderados”, a los que acudieron a la conferencia con la intención de promover supuestamente un acuerdo.
Ese acuerdo debe poner fin a un estado de beligerancia que nace de la negativa árabe a reconocer, como en 1947, el derecho a la presencia y autodeterminación nacional judía como tal, y aceptar la partición propuesta: un Estado judío y un Estado palestino. Todo lo demás se da por añadidura.
Pero no hay seguridad, para decirlo de manera suave, de que esa sea la situación en la delegación pragmática palestina.

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