Sentir, luchar, vencer ... podemos

domingo, marzo 16, 2008

Una de cine


No hay país para John Rambo
Por Santiago Navajas
A Harold Bloom le parece Sam Peckinpah demasiado blando para dirigir Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, en su opinión la mejor novela norteamericana de los últimos cincuenta años. Bien, además de director, ya hemos encontrado actor para el ultraviolento y nihilista juez Holden, protagonista de la orgía de sangre escrita por el autor de No es país para viejos: Su Esteroide Majestad Sylvester Stallone.
El italo-americano es el autor responsable de la fama de dos de los últimos personajes-tipo que el cine ha dado al imaginario colectivo: el indómito Rocky Balboa y el indestructible John Rambo, cara y cruz, luminosa y oscura respectivamente, del sueño norteamericano; pero ambos habitados por un mismo talante trágico, un pesimismo antropológico que los inscribe al ámbito conservador, lejos del perfeccionismo ingenuo de los progresistas.
La respuesta crítica en EEUU y Europa ha sido diferente, aunque generalmente negativa, a la última entrega de la saga Rambo. Mientras que la crítica norteamericana ha incidido sobre todo en el exceso de violencia, la europea casi se desmaya ante el exceso de ideología. Incluso los que la han apreciado se pasaban la mitad del artículo disculpándose por escribir bien de una película "ultraderechista", "paramilitar", "fascistoide", "rebanacuellos", "despreciable" y "deleznable". Es duro ser un crítico progre (o facha), alguien al que ciega la ideología y se guía por consignas y prejuicios a la moda política: sales de una película que te ha gustado con remordimientos por haber disfrutado y te impones como penitencia un maratón cinematográfico con películas de Ken Loach, Robert Redford, George Clooney y Paul Haggis. Y encima ni se enteran.
Si es cierto que Rambo rezuma ideología, lo relevante es que resulta ser igualmente molesta para progresistas de salón y conservadores de misa diaria.
Viejo, deforme y cansado, definitivamente acabado, John Rambo malvive en un agujero inmundo de la frontera birmana, entre ratas y serpientes. Pero no nos engañemos, porque "lo que el resto llama infierno, él lo llama hogar", que decía su jefe, el coronel Trautman, en Acorralado. Los miembros de una ONG pretenden contratarlo para que los guíe hasta Birmania, asolada por terroristas y dictadores, adonde piensan llevar su mensaje de paz, amor y alianza de civilizaciones.
Rambo rechaza brusca y secamente el plan de los ilusos utópicos, pero la bella Sarah Miller (Julie Benz) consigue ablandar el corazón del gorila y John King Kong Rambo se someterá –no es amor, ni siquiera sexo, sino empatía con los débiles sin doblez– a los deseos de la solidaria rubia, para llevarlos, en un viaje que empieza como el de La Reina de África y termina en plan Apocalipse Now, hasta el corazón de las tinieblas.
El leitmotiv de la película –descarnada, seca, brutal, sanguinolenta, explícita, con un montaje directo, agresivo, rápido– es la violencia como herramienta política en un contexto de opresión sistemática. El campo de acción es Birmania como podría haber sido Darfur. Rambo cree, y Stallone lo sigue con la planificación cinematográfica, que la distancia más corta entre dos puntos es un disparo, de bala, flecha o cañón. El orden de las armas no altera el producto de muerte y destrucción, y la cámara ama las explosiones como ama los rostros angulosos.
Sólo el holandés Paul Verhoeven resulta ser tan intempestivo en el panorama del cine comercial como Stallone. Si Verhoeven es un maldito en Europa porque se niega a doblegarse al conservadurismo progresista –esa constelación de películas críticas "dentro de un orden" con un look cool que arrasan desde los Goya a los Óscar–, el director-guionista-actor norteamericano seduce como el pressing catch deslumbra a Roland Barthes en Mitologías:
La virtud del catch consiste en ser un espectáculo excesivo. En él encontramos un énfasis semejante al que tenían, seguramente, los teatros antiguos (…) desde el fondo de las salas más turbias, el catch participa de la naturaleza de los grandes espectáculos solares, teatro antiguo y corrida de toros: aquí y allá, una luz sin sombra elabora una emoción sin repliegue.
Y es que lo sorprendente de Rambo es el carácter mitológico, de carácter titánico, que emerge desde el momento en que se sumerge en una fragua como en un bautismo de fuego para templar con sus propias manos las armas. Como un nuevo Hércules enfrentado a una tarea ciclópea –Rambo, como Jack Bauer o Spiderman, es un luchador solitario–, Stallone ya no hace ostentación de músculos de gimnasio, sino de manazas. Y las frases lapidarias, aun conservando su rotundidad de mármol, adquieren una belleza trágica.
Stallone aplica la máxima según la cual se puede acceder a la calidad a través de la cantidad. En ese sentido, la orgía de sangre y destrucción que Rambo va dejando a su paso, como si fuese un ángel de la muerte, es el equivalente moral de las pausadas reflexiones jansenistas de Bresson o Dreyer, sólo que pasadas por el tamiz de las proclamas de Georges Sorel o Sade celebrando que la violencia nos hará libres. Y si desde un punto de vista cinematográfico Tarkovski pensaba que sostener el plano hasta lo inverosímil era el camino de la santidad cinematográfica, Stallone ha emprendido un camino opuesto pero no menos radical: sostener la metralleta disparando fotogramas, un puritanismo de la violencia que conduce hacia el éxtasis a través de la acumulación. Finalmente, en un largo y hermoso plano, Stallone se aleja de la cámara, pero, a diferencia del John Wayne de Centauros del desierto, en dirección al hogar.
Esta cuarta entrega de la saga, que entronca directamente con la primera en cuanto a la visión trágica del héroe y a la eficacia narrativa de la acción, cumple con el imperativo marxista de que al mundo, además de interpretarlo, hay que transformarlo.
Las autoridades birmanas han prohibido la exhibición de la película, al tiempo que la oposición al régimen la ha acogido como bandera de sus reivindicaciones y de su lucha contra la tiranía militar. Mientras, en la carrera presidencial estadounidense, Stallone apoya a John McCain. La próxima intervención humanitaria de los EEUU, ¿será en la ficción o en la realidad?

Jamás comprenderé porque utilizar la violencia para acabar con el mal es considerado "facha". Para mí el fascismo es precisamente lo contrario: permitir con nuestra inacción que los más fuertes esclavicen a los débiles. Y a los que tienen ese poder no se les convence con buenas palabras. Hay que acabar con ellos. Que le pregunten sino al William Munny de Sin Perdón, aquel que una vez mató a mujeres y niños .... Genial Clint Eastwood.

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2 comentarios:

  • Estoy totalmente de acuerdo contigo Paco. Ademas creo que algunas veces la violencia es necesaria, aunque hacer un abuso de la misma tampoco es bueno.

    De Anonymous Anónimo, A las 3/16/2008 4:58 p. m.  

  • No estaría mal "tirar de Google" y ver la situación desesperada de Birmania y el silencio con que rodea la tiranía la prensa mundial. ¿No es un tema común ese "tupido velo" de los medios obviando situaciones que claman al cielo justicia?

    De Blogger MAR, A las 3/16/2008 7:58 p. m.  

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