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viernes, abril 11, 2008

¿Cómo es la vida diaria en Israel?



Esta foto la tomé en la puerta de un comercio en la calle Ben Yehuda de Jerusalem. Creo que ilustra perfectamente el espíritu de lo que nos cuenta el siguiente artículo publicado en http://am-israel-jai.blogspot.com:

¿Cómo es la vida diaria en Israel ? Una reportera del Dto. árabe de Radio Nederland cuenta una anécdota (leer hasta el final)

Nicolien den Boer: Cinco horas retenida en el aeropuerto de Tel Aviv.

"Estás advertida", quiere decirme la señora israelí que me ha sometido a un intenso interrogatorio en el aeropuerto de Tel Aviv. "Acabo de enviar de regreso a alguien que no quería colaborar". La alta y fornida empleada con cola de caballo y un pronunciado escote me lanza una mirada amable, pero severa. Es la tercera vez que me interrogan.
Son las cuatro de la madrugada e intento permanecer relajada. No he dormido ni bebido desde hace horas; mi interrogadora, probablemente del servicio de seguridad, me envía al lavabo. Allí me enjuago la boca (¿será potable el agua?).
Cuando vuelvo de los lavabos, ya ha revisado mi pasaporte. Su mirada no promete nada bueno. En mi pasaporte hay sellos de varios países árabes: Dubai, Yemen y la gran enemiga, Siria. Me lanza decenas de preguntas: ¿Qué hacía yo en Siria? ¿Conocía a alguien en Siria? ¿Dónde había estado exactamente? ¿Con quién he hablado allí?
Después de haber dado explicaciones sobre todos los números de teléfono que llevaba conmigo, haber dado mi correo electrónico y haber explicado detalladamente mi planeada visita a Cisjordania y Gaza, recibo una nueva lluvia de preguntas sobre Siria. Me siento un tanto estúpida por contestar tan dócilmente a todas las preguntas. Sólo me he negado a abrir mi correo en su PC.
En las largas horas que paso en la sala de espera después de esta conversación me invade un fuerte sentimiento de suplicio. Mi historial está ahora en manos de la policía, me aseguran, pero en la comisaría contigua no percibo ninguna actividad y las uniformadas y muy maquilladas mujeres- policía dan vueltas y más vueltas dentro y fuera de la sala de espera. Cuando pregunto si avanza el asunto, me responden que están ocupados con ello. "¿Quién?", pregunto y se limitan a alzar los hombros.
Me pongo furiosa, digo palabrotas, vocifero y amenazo con llamar a la embajada. Miradas aburridas, las de las señoras. Enfadada llamo a la embajada holandesa que, por supuesto, está cerrada todavía. En el contestador de la embajada israelí en Holanda dejo un mensaje.
El resto del tiempo lo paso en la sala de espera. Allí está también un hombre de rostro enrojecido llamando por teléfono. Cuando una de las guardias viene a buscarle y no corta inmediatamente su llamada telefónica, le dice ásperamente: "Si no cuelgas el teléfono rápidamente, te mando de regreso a Riga".

Después de haber permanecido cinco horas en el aeropuerto de Tel Aviv, me devuelven mi pasaporte. Mi maleta está esperándome todavía, sin la vigilancia prometida.
De camino hacia el hotel sigo todavía confusa. ¿No eran los israelíes quienes siempre llevaban entre algodones a la prensa occidental? ¿No son ellos los que tienen fama de servir atentamente a los periodistas con bonitas carpetas de prensa? Pues si a mí, como holandesa, me tratan así, ¿cómo tratarán a un palestino? El palestino no tiene una embajada con la que amenazar. Intento no pensar en términos de "el bueno y el malo", pero es difícil.
En la oficina del departamento de prensa gubernamental en Jerusalén, donde más tarde iré a recoger mi tarjeta de prensa, presento mi queja: "Medidas de seguridad", explica la aparentemente fatigada funcionaria Pnina Aizenman en la oficina. "¿Qué crees que es para nosotros levantarse todos los días a las siete de la mañana sin saber qué va a pasar ese día?", refiriéndose a los atentados suicidas palestinos contra ciudadanos israelíes.

Mientras Pnina tramita mi tarjeta de prensa, miro a la pared detrás de mí donde cuelgan fotos de niños y un artículo de periódico. Trata de una mujer que ha perdido a su hijo de 5 años y a su madre en una atentado suicida palestino. El nombre de la mujer es Pnina Aizenman. Un escalofrío me recorre el cuerpo. "Es usted", balbuceo. "Sí, ¿entiendes ahora lo que quiero decir con medidas de seguridad?". Me invade un sentimiento de vergüenza por quejarme de cinco horas de mi vida mientras que la vida de esta mujer ha quedado destruida por un atentado.
Luego, pienso en el bocadillo que me ofreció un funcionario de la policía en el aeropuerto; recuerdo que una de mis interrogadoras me hablaba de la muerte de dos amigos y que ella hacía su trabajo para honrar su memoria y para "defender a su patria".

En la mayor de las confusiones salgo del edificio gubernamental para caminar por Jerusalén. El escenario de "el bueno y el malo" de esta mañana puede ir a la papelera.

Está claro que los trámites aduaneros son un coñazo en cualquier lugar, y mucho más allá donde el peligro es real. Y en pocos lugares ese peligro es más real que en Israel. Mi mujer también estuvo retenida un buen rato en el aeropuerto a nuestra llegada a Israel. Siempre te preocupas un poco, sobre todo si no sabes el idioma y la comunicación es complicada, pero la alternativa ya sabemos cual es. La que le encanta a los terroristas palestinos y a sus amigos de eurabia: muerte y destrucción.

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