Sentir, luchar, vencer ... podemos

martes, septiembre 18, 2007

Septiembre y los políticos




Aunque con el mes ya muy avanzado rescato este artículo de Gabriel Albiac en La Razón:

De nuevo esta melancolía de septiembre. Siempre idéntica. En la cual nos araña la certeza de lo
peor: todo se nos repite. En septiembre uno se sabe irremediable. Irremediables, las gentes que al alrededor nuestro componen este previsible mundo. Se cierra el paréntesis y hay
que volver a revestir la máscara. Nadie medianamente sensato ignora que esa máscara, con que aleatorias determinaciones nos fueron identificando, es lo que más nos aburre en esta vida. Y aquello de lo que con más fuerza querríamos despojarnos para siempre. Y eso precisamente es
lo imposible. Con resignación volvemos; la tregua con cuyo espejismo seda nuestro hartazgo el verano está tasada: sirve para que acunemos la fantasía de escapar lejos. Y regresemos. Y repitamos. Y nos repitamos. En un mundo del cual nadie en su sano juicio nada espera. Retornan los políticos. Y reiteran su narcótica lengua de estropajo. Es lo peor de todo. Si, al menos, la
melancolía de vivir se consumara en el espacio vacío y tolerablemente silencioso de nuestras propias vidas, algo quedaría abierto a la pausada reflexión o al paciente juego de espejos de la biblioteca. Pero, ¡este horrendo ruido…! Han retomado ya sus mal templados tambores los políticos. Suenan igual de mal que sonaron siempre. Mas, a medida que me voy volviendo viejo, ese ruido inarmónico me hiere, con su agresiva vulgaridad, más hondamente. Lo he escrito tantas veces… Lo repito ahora, pues que ahora estamos en la estación de las melancólicas repeticiones: pagaría de buena gana esos desmesurados impuestos que a mi costa se
embolsan los peores individuos que yo haya conocido sobre esta tierra, los políticos; los pagaría alegre casi, con una sola condición, con una nimia condición, que se callasen. Ya me da igual que me roben. He aprendido que es el peaje que se paga a lo sicarios del Estado para que no te maten: la única diferencia entre democracia y dictadura es ésa; y no la minusvaloro. Añoro, sin embargo, que tuvieran la elegancia elemental de embolsarse lo que nos expropian con el silencio discreto, al menos, de los corteses atracadores de guante blanco. Puede que yo sea raro. Pero a mí ya no me importa un bledo que alguien tan manifi estamente inútil como doña Magdalena Álvarez lleve la mayor parte de su vida viviendo como un pachá a costa de mis apurados fines de mes. Así es la vida. Yo, que he vivido en una dictadura, sé que –aunque parezca mentira– hay cosas peores que la señora Álvarez. Pero, ¿es mucho pedir que aquellos a quienes suntuosamente mantenemos se abstengan de insultarnos? Leo a la ahora ministra de Fomento (es increíble que lo sea, ya lo sé, pero…): «Me cuesta aprenderme las cosas. Tengo la cabeza que tengo». Y yo hago cálculos de cuanto se embolsa la propietaria de esa triste cabeza: una burrada. Con cargo a mi bolsillo. No me planteo ya siquiera privarla de su vitalicio chollo. Hace mucho que me resigné a lo inevitable. Pero, ¡por Dios!, ¿es también inevitable que al saqueo se añada la burla? ¿Es realmente necesario que doña Magdalena nos llamé, con tanto aplomo, imbéciles por pagarle el sueldo? Aunque sea cierto.

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