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martes, marzo 20, 2007

Las minas Gore, las verdades de Crichton



Al Gore posee una mina de cinc en una cuenca que emitió 1,8 millones de kilos de vertidos tóxicos entre 1998 y 2003

El oscarizado ex vicepresidente de EEUU, Albert Arnold Al Gore, por su documental-denuncia sobre el calentamiento global, Una verdad incómoda, es propietario de un complejo minero en Carthage (Tennessee). Fue adquirido por su padre, el también senador, en 1973. Hasta 1998 no se hicieron los primeros estudios sobre las emisiones tóxicas de las minas de metal. La cuenca a la que pertenece, Gordonsville-Cumberland, emitió 1,8 millones de kilos de vertidos tóxicos al aire y el agua entre 1998 y 2003. Vertidos en los canales hídricos y emisiones tóxicas son los potenciales peligros. Lo ha relatado este domingo el diario The Tennessean.

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¿Por qué van siempre a remolque? ¿no son capaces de tener iniciativa?

Amenazan de muerte a científicos por participar en un documental escéptico con el calentamiento global
El canal británico Channel Four ha emitido un documental llamado El gran timo del calentamiento global, en el que varios expertos denuncian que una poderosa alianza de políticos, ecologistas y científicos que rechazan cualquier debate sobre la idea de que el hombre es el causante principal de ese calentamiento. Después de su emisión, varios de los científicos que participan en el documental han recibido amenazas de muerte y acoso profesional. La última cumbre del clima se inició desoyendo el debate científico.

La hipocresía de Al Gore

Al Gore, el apóstol del calentamiento global, lo más cerca que ha estado ningún país desarrollado de tener un ecologista radical como presidente, posee una mina de cinc que, según él mismo, ha sido una de las más "sucias" de todo Estados Unidos. Esto se sabe poco después de que se diera a conocer su abultada factura eléctrica, que multiplica por veinte la de una familia norteamericana media, y que de hecho aumentó tras el estreno de su oscarizado documental Una verdad incómoda, que Zapatero quiere obligar a ver a nuestros hijos.

Al Gore se ha destacado, desde que escribiera en 1992 su libro La Tierra en juego –en el que daba más valor a la vida de ciertos árboles que a las vidas humanas que la tala de los mismos salvaban–, por defender soluciones ecologistas radicales para los problemas del medio ambiente. Ha defendido sus ideas no desde un punto de vista pragmático y tecnocrático sino en un tono moralista y mesiánico. Nada de malo tendría desde el punto de vista de un defensor racional del medio ambiente gastar mucha energía, si se le da buen uso, o poseer minas de cinc, si se procura tomar precauciones para reducir en lo posible la contaminación que su explotación pueda causar. Sin embargo, ni Gore ni quienes le hacen la corte adoptan ese punto de vista.

El problema es que el ecologismo se ha transformado en una religión con sus dogmas de fe y sus herejías. En ella, es pecado gastar mucho dinero en electricidad o poseer minas de cinc, y más aún si se ejerce de sumo pontífice del ecologismo, pretendiendo con sus sermones que todos nos convirtamos, a la fuerza si fuera menester. Los herejes –por ejemplo, los climatólogos que dudan del dogma del CO2 como causa del calentamiento global– reciben amenazas de muerte, se les insulta calificándolos de vendidos a las "multinacionales" y de "negacionistas" y son condenados al ostracismo y, en algunos casos, a no recibir fondos estatales para sus investigaciones. En ese universo moral, que Gore practica y promociona, el ex vicepresidente de Estados Unidos es un completo hipócrita.

Estamos necesitados de un movimiento de defensa del medio ambiente que no sea alarmista, que trate los problemas en su justa medida y que sea capaz de elegir el menor de entre dos males –por ejemplo, entre el calentamiento global y la energía nuclear–, en lugar de intentar imponer falsas soluciones que sólo sirven para acallar su conciencia. Lo que está claro es que, si alguna vez llega a existir, Al Gore no formará parte del mismo.


Después del numerito de sus factura de la luz ahora nos enteramos que también contribuye al calentamiento climático (de otro tipo lo dudo) como propietario de una mina de cinc que "adorna" con sus residuos los cielos de Tennessee. Todo un personaje este tipo de las "verdades incómodas".
Y hablando de verdades incómodas es recomendable el libro de Michael Crichton
  • Estado de miedo. Como novela de intriga y acción está entretenido (aunque tampoco como para tirar cohetes) pero su interés viene dado por el enfoque que hace de los movimientos ecologistas y como son capaces de "lo que sea" con tal de seguir viviendo del cuento. También refleja muy bien como el mensaje catastrofista ha calado en la población de tal manera que nadie se plantea teorías que no se sostienen y carecen de todo rigor pero que continuamente nos las "machacan" desde los medios de comunicación convirtiéndolas en Verdades Irrefutables. Además aporta muchos datos, cifras, gráficos, ... demostrando que el presunto calentamiento no es tal y que se han cometido errores tan importante en las mediciones como el no tener en cuenta que estas han sido tomadas en muchos casos en grandes ciudades, por lo que el aumento de población de las mismas durante el último siglo hace que la temperatura aumente algo. Pero eso no quiere decir que la tempertatura global aumente.

  • Como dice Crichton:

    Sospecho que la gente de 2100 será mucho más rica que nosotros, consumirá más energía, tendrá una población global menor. Y disfrutará más de la naturaleza que nosotros. No creo que debamos preocuparnos por ellos. La actual preocupación histérica por la seguridad es un obstáculo para el espíritu humano y una invitación al totalitarismo.

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