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viernes, marzo 02, 2007

Cleptograma y cleptohistoria

Una nueva colaboración de Andrés mediante un muy buen artículo de Perednik alojado en El Catoblepas y que hace referencia a la "ocurrencia" de la alcaldesa de Ciempozuelos:

Cleptograma y cleptohistoria (Gustavo D. Perednik)

Una de las expresiones de la judeofobia es el robo de la historia judía
y de su terminología más representativa.

Cuando debido a una corrupción municipal la ignota Susana León Gordillo fue ascendida a alcaldesa de Ciempozuelos, supuso que se le arrimaban días de fama y gloria. Pero como ambas virtudes se le demoraron, decidió engrosar la historia más atolondradamente, por medio de añadir a los cien un pozuelo más, enorme como un valle de lágrimas: el desprecio por los seis millones de judíos que fueron humillados, torturados, deshumanizados y muertos en la maquinaria genocida más brutal jamás creada.

Aún insaciable, en su gordilla saña procedió a lanzar simultáneamente una segunda injuria contra las víctimas del sadismo nazi. El blanco de su odio es la máxima creación de los sobrevivientes de Auschwitz: el Estado judío, donde reside la mayoría de las víctimas de la Shoá, y que ahora es leonina y nuevamente acusado de «genocida». No se suministran fundamentos para avalar la palabreja, porque bien entienden las gordillas que la mitología judeofóbica será más convincente cuanto más exenta de explicaciones se perpetre la ofensiva.

Después de todo, han impuesto la vox pópuli de que Arafat era un adalid de la paz y el sheik Yasin un líder espiritual, que en Palestina hubo alguna vez un Estado árabe y Jerusalén fue alguna vez su capital, que en Yenín los israelíes perpetraron masacres y que Sabra y Chatila fueron matanzas sionistas, que los medios españoles informan ecuánimemente sobre el Oriente Medio, que el «lobby judío» domina a los EEUU o al mundo, que los judíos somos tacaños y réprobos, y que existe un genocidio de árabes palestinos.

Tanto se han infiltrado estas sandeces en cierta conciencia española que ahorran toda demostración y se limitan a huestes de periodistas reclutados para repetirlas a favor de «la causa».

Y como la leona lo sabe todo, ha echado mano de ellas para embadurnar la sagrada memoria de los seis millones de víctimas de la Shoá y sumarse así a sus verdugos. Debemos agradecer a su dardo que nos haya ilustrado sobre la esencia de la judeofobia, aunque su sabiduría no albergue el dato menor de que la voz genocidio fue acuñada por el abogado judío Rafael Lemkin cuando el Holocausto llegaba a su fin, y que forma parte de una terminología que se generó precisamente a partir de la judeofobia de raleas como la de la alcaldesa.

La mera existencia de términos como diáspora, gueto, pogromo y Holocausto, indica cuán singular e influyente es este odio. Fueron acuñados para definir aspectos del accionar judeofóbico, pero se deslizaron a significados universales, y hoy se habla de la «diáspora irlandesa» o del «gueto de Harlem».

El judeófobo da un paso adicional: se desentiende de esa universalización y en su cleptograma se apodera de esas palabras para zaherir con ellas precisamente a los judíos, como cuando de los doscientos países del mundo llama «país nazi» nada menos que a Israel.

Este robo de letras y terminología, o cleptograma, refleja en el lenguaje el modo en que la judeofobia opera en los hechos. En uno de sus primeros estadios actúa por medio de la cleptohistoria, que consiste en apropiarse ya no de los vocablos sino de la historia judía misma. Despoja a los israelitas de su pasado y lo acapara, de modo que eventualmente necesitará eliminar a sus portadores originales para justificar su propia historia.

Una de las estudiosas de este fenómeno es Eliane Amado Levy-Valensi quien hace medio siglo interpretó la judeofobia como el resultado del fracaso de quienes intentan robar la historia judía para quedarse con ella. Así lo analiza con respecto a la antigüedad:

«El judaísmo era ya una religión vetusta que ostentaba una gran literatura, con grandes héroes y sabios en su pasado, y además una promesa divina de un futuro más glorioso. El cristianismo no poseía ello. Por lo tanto los primeros cristianos reclamaron la Biblia, al principio como antesala de Jesús pero luego como exclusivamente suya». Al presentarse como heredera de los patriarcas y profetas hebreos, la patrística debió arremeter contra quienes perpetuaban la tradición bíblica a los efectos de descalificarlos y legitimar su carácter de verdaderos herederos.»

La novedad cleptohistórica

Durante el siglo XX la judeofobia de los líderes palestinos podría ser explicada desde la misma perspectiva. Incluso Jesús de Nazaret es reformulado por ellos como «un palestino». La falta de una larga historia propia los hace curiosamente envidiosos del prolongado pasado de los judíos.

Un argumento cercano elaboró el senador uruguayo Horacio Asiain Marquez en un ensayo de 1962 francamente titulado Yo fui antisemita: la resistencia contra el pueblo judío provendría de que «fuera de éste, casi no hay sociedades humana cuyas tradiciones se remonten más allá de unos siglos… muy pocas asociaciones humanas tienen memoria de sí mismas».

El escritor israelí A. B. Iehoshua propuso en 1974 una variación del mismo motivo:

«Hay algo en nosotros que despierta una reacción insana entre otras naciones... No sé si la palabra insana es apropiada pero no tengo otra mejor… Los alemanes tuvieron una actitud insana hacia los judíos, los árabes viven esa insania a diario. Quizá haya algo de excepcional en todo nuestro judaísmo, en todo ese riesgo que tomamos sobre nosotros, en el hecho de que vivamos al borde de un abismo, y que sepamos cómo hacerlo. Nuestra naturaleza judía es para nosotros clara y podemos sentirla, pero difícilmente pueda ser comprendida por el mundo, y con algo de lógica se puede hasta justificar esa falta de comprensión, porque cuando se afronta el fenómeno del judío, no es tan fácil entenderlo. Para aquellas naciones que se encuentran con nosotros en una determinada situación histórica, como sucedió con los alemanes y con los árabes, nuestra existencia misma y lo inasible de nuestra naturaleza para ellos, puede ser un factor que contribuya a desencadenar ciertas formas de la locura.»

La historia del pueblo hebreo es anulada en la historiografía antisionista. La anulación comienza con el cleptograma de la voz «palestinos», y continúa con una cleptohistoria general.

Hemos mencionado en otro artículo una enciclopedia judaica de 1906 íntegramente accesible en Internet y en la que se discurre sobre «arqueólogos palestinos, rabinos palestinos, profesores palestinos», todos ellos judíos de la Tierra de Israel. Hasta 1920 sólo a los hebreos se aplicaba el gentilicio palestinos: Fondo Nacional Palestino, Orquesta Filarmónica Palestina, diario Palestine Post –todos judíos. La brigada israelita que combatió a los franquistas se denominaba Brigada Palestina. No hablaban árabe sino hebreo. Como la que combatió en el ejército británico durante la Segunda Guerra, bajo el nombre de Brigada Palestina de Voluntarios Judíos. Ya en 1798 el filósofo Emanuel Kant se refería a los judíos como «palestinos».

Los árabes se autodefinían como «miembros de la Gran Siria». No aspiraban a la independencia de una tierra que nunca había sido independiente salvo bajo gobierno hebreo.

Durante la segunda mitad del siglo XX la voz palestinos sufrió una metamorfosis semántica sin parangón. Y los gordillos proyectan esa transformación al pasado más remoto. Al respecto se pregunta Joseph Farah, periodista árabe americano

«¿no resulta interesante que antes de la guerra de los Seis Días de 1967 no hubo entre los árabes un movimiento serio para crear una patria palestina? ¿Cómo es posible que los palestinos súbitamente descubrieran su identidad nacional después de que Israel venciera en la guerra?... No hay idioma palestino, no hay cultura palestina distintiva. Nunca hubo una tierra llamada Palestina gobernada por palestinos.»

El nombre «Palestina» tiene dos posibles raíces. Bien proviene del griego palaistes, que significa «luchador» (la traducción directa de «Israel» que en hebreo tiene significado similar) o bien proviene del hebreo Pileshet, Filistea (un modo romano de honrar a este antiguo enemigo de Israel). En uno u otro caso, fue el término con el que los romanos decidieron en el año 135 cortar los vínculos entre la vasalla Judea y su pueblo. Pero fue una locución geográfica, no nacional. En 1946 lo sintetizó el historiador árabe Philip Hitti: «No hay tal cosa como 'Palestina' en la historia». Y el predecesor de Arafat, Ahmed Shuqeiri lo expuso ante la ONU (31-3-56): «Es sabido que Palestina no es sino Siria del Sur».

Los palestinos no aparecen siquiera en las declaraciones de la ONU de algunas décadas atrás: la celebérrima resolución 242 de noviembre de 1967, que fue votada como consecuencia de la «ocupación», no los menciona (ni qué hablar de su «Estado»). Sólo habla de refugiados.

Sin embargo la gordilla se las ha ingeniado en abundar en solidaridad con los palestinos por el «genocidio» que padecen. Es lo único que sabe del tema y en la enormidad de su sapiencia no cabe ningún dato más, ni siquiera el de una tercera parte del pueblo hebreo que fue exterminado por europeos que nos odian como ella.

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