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lunes, octubre 08, 2007

Islam e izquierda



La diáspora izquierdista - JAMES NEILSON
http://www.rionegro.com.ar/
Todavía no se ha agotado la ola sísmica que desató el colapso de la Unión Soviética y la transformación de China en una inmensa factoría integrada al sistema capitalista internacional. Además de provocar cambios traumáticos en los países antes regidos por comunistas fieles a su versión de las doctrinas predicadas por Marx y Lenin, el fracaso del "experimento socialista" el que, no lo olvidemos, supuso la muerte en circunstancias terribles de por lo menos cien millones de hombres, mujeres y niños, sigue repercutiendo en el resto del planeta, ya que muchos aún no han logrado asumir las connotaciones del desmoronamiento imprevisto de una ideología que apenas un año antes muchos creyeron destinada a imponerse en todas partes.
Si bien fueron privados de lo que habían tomado por una alternativa presuntamente viable al capitalismo liberal, una minoría conformada por individuos que, como aquellos soldados del ejército imperial japonés que durante décadas continuaron luchando contra fantasmas en las junglas del sur de Asia, se niega a darse por enterada de la muerte de su causa. Para las dictaduras crueles que gobiernan Cuba y Corea del Norte, el marxismo sigue siendo una fuente incuestionable de legitimidad. También lo es para bandas de guerrilleros en Colombia, Nepal y algunos estados de la India.
Con todo, la mayoría de quienes se sienten ofendidos por la hegemonía evidente del capitalismo en el mundo actual ha tenido que buscar otros motivos para justificar su voluntad de verlo destruido, ya que no cuentan con algo con qué reemplazarlo. Muchos lo encuentran en la ecología y "la lucha contra el calentamiento global", un fenómeno que, juran, se debe por completo a las actividades de empresas gigantescas manejadas por sujetos de mentalidad saqueadora que no se preocupan en absoluto por el destino triste que aguarda al único planeta que tenemos. Aunque los climatólogos más serios tienen dudas en cuanto al aporte de la industria y la agricultura a los cambios que están produciéndose señalan que desde hace millones de años períodos relativamente cálidos alternan con otros muy fríos, los resueltos a creer que todo es consecuencia del sistema socioeconómico dominante los tratan como si fueran herejes abominables. Pensándolo bien, el ecologismo es un credo muy pero muy conservador ya que algunos entusiastas quisieran que el género humano regresara a la Edad de Piedra, cuando a su entender vivía en armonía con la naturaleza, pero puesto que puede usarse como un arma anticapitalista, atrae a muchos que antes militaban en la izquierda extrema y a jóvenes que de haber nacido una generación atrás se hubieran afiliado a alguna secta revolucionaria.
Otra causa decididamente conservadora que seduce a izquierdistas desconcertados por la desaparición de la Unión Soviética y la traición de China es la islamista. En Europa, Estados Unidos, Australia y América Latina, los reacios a abandonar la lucha contra el capitalismo están aliándose con los guerreros santos so pretexto de que representan a los pueblos que siguen siendo reprimidos por el vil imperialismo capitalista yanqui. Aunque desde el punto de vista de los islamistas los izquierdistas occidentales son tan despreciables, y por lo tanto tan indignos de vivir, como cualquier otro que no comparte su fe, son conscientes de que por ahora es de su interés fingir respetarlos. En sus sermones recientes, líderes islamistas como Osama ben Laden han citado con aprobación a izquierdistas norteamericanos como el lingüista Noam Chomsky, además de informarnos que ellos también aborrecen el capitalismo liberal y son amigos del medio ambiente. Mientras tanto, el artífice del "socialismo del siglo XXI", Hugo Chávez, proclama a los cuatro vientos su solidaridad con su "hermano", el islamista chiíta iraní Mahmoud Ahmadinejad.
Se trata de una alianza que si llegara de triunfar se rompería de manera violenta. Antes de que la revolución iraní culminara en 1979, izquierdistas e islamistas lucharon juntos contra el cha. No bien éstos conquistaron el poder, se pusieron a eliminar a sus ya ex socios con brutalidad extrema, deteniéndolos, torturándolos y matándolos sin remordimiento alguno. Felizmente para la mayoría de los progresistas occidentales que simpatizan con los islamistas, no es del todo probable que un día muchos se vean forzados a optar entre someterse a las severas leyes musulmanas y ser sacrificados como corderos, pero acaso les convendría recordar el fin miserable que tuvieron sus equivalentes iraníes luego de la llegada al poder de una cofradía de fanáticos religiosos.
La razón por la que la militancia ecológica atrae a jóvenes que sienten que el mundo tal y como es deja mucho que desear no constituye un misterio. En principio, la causa es claramente buena: nadie en sus cabales podría preferir la contaminación a la limpieza o celebrar el reemplazo de bosques por desiertos. Pero los motivos de los contestatarios congénitos que se han comprometidos con la defensa de la naturaleza no suelen ser tan patentes. Les importa menos el estado del medio ambiente, que el saber que el calentamiento global que está registrándose les brinda una oportunidad espléndida para oponerse con virulencia al capitalismo liberal y de asumir una postura de superioridad moral que no están dispuestos a desaprovechar.
El atractivo que ejerce el islamismo es más complicado. Para consternación de los dirigentes europeos, son cada vez más los jóvenes que al convertirse al Islam se entregan a la yihad, o sea, a la guerra santa contra el resto del planeta hasta que todos sus moradores rindan culto a Alá en la forma estipulada por los predicadores más belicosos. ¿Cuál es la razón por la que alemanes, británicos, franceses, españoles, italianos y otros se unen a los islamistas? Tal vez consiste en que cualquier credo, trátese de uno ateo como el comunismo leninista o uno teológico como el Islam, que entre otras cosas reparte licencias para matar, resultará irresistible para millones de personas, en especial varones jóvenes, que viven en sociedades tranquilas. Los terroristas mismos suelen atribuir sus actos despiadados a sus ideales y muchos que no lo son los creen por suponer que quienes cometen atrocidades tienen forzosamente que inspirarse en conceptos utópicos elevados, pero sucede que lo que confirió a dichos ideales un aura romántica fue la convicción de que quienes los albergan están libres para violar todas las reglas que hacen posible la convivencia.
El ecologismo se ha erigido en la ortodoxia de los bienpensantes merced en buena medida a los esfuerzos de la generación que se formó en las universidades de los años sesenta, una década en la que una rebelión confusa contra el statu quo agitó a todos los países del mundo. Si bien andando el tiempo fue reduciéndose la proporción de quienes imaginan que el comunismo ruso, chino o cubano es mejor que la democracia liberal, muchos persistieron en considerar fundamentalmente perversas sus propias sociedades, sus tradiciones y las actitudes que antes predominaban. Tanta "autocrítica", nacida de una forma de angustia existencial, de la sensación de que la vida debería de ser mucho más rica, o cuando menos distinta, típica de quienes suponen que a diferencia de sus antecesores ya no tienen que preocuparse por sobrevivir en un mundo a menudo hostil, tendría consecuencias: una consiste en la falta generalizada de interés en perpetuar comunidades juzgadas deficientes, de ahí el escaso interés del grueso de los europeos en procrear; otra en la tendencia a exagerar los méritos de todas las culturas ajenas que subyace en el "multiculturalismo", una doctrina que al subestimar la importancia de convicciones compartidas y abrir de par en par las puertas de Europa para que entren millones de personas que a diferencia de sus anfitriones creen que sus propias tradiciones son las únicas aceptables, ha conducido a la fragmentación y desmoralización de sociedades antes coherentes, sembrando así las semillas de graves conflictos por venir.

Aquí podemos ver un buen ejemplo de como los islamistas pretenden manipular a la nueva izquierda, tan ansiosa de encontrar causas a las que apuntarse.
Es habitual que el enemigo de tu enemigo se acabe convirtiendo en tu amigo. También es peligroso. Suele acabar mal. Al ejemplo que cita el artículo de la coalición contra el Sha de Irán y como acabó una parte de los coaligados, yo añadiría el trato recibido por los soldados del Ejercito Rojo que caían en manos de los talibanes durante la guerra de Afganistán, o los degollamientos masivos en Argelia.
También es habitual que los jovenes tengan espíritu revolucionario y se dejen maravillar por cualquier ideología que esté contra algo y se disponga a utilizar la violencia para destruir ese algo. Lo que ya no puedo entender es a esos izquierdistas mayorcitos que cambian a Marx por alá, ni a esas feministas que pasan de quejarse por el vocabulario a colocarse el velo sin ningún rubor, ni a esos gays militantes que rien las gracias de un régimen que ejecuta a los que son como ellos.... Esos no tienen perdón. Y más les vale que nunca ganen sus amigos. Ellos serían de los primeros en sufrir las consecuencias.

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