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sábado, agosto 11, 2007

La historia de Shloime Gorgl (una historia real)

Hago hoy un alto en las imágenes veraniegas y vuelvo a lo más crudo de la infamia para acompañar este relato que nos envía Andrés.




La historia de Shloime Gorgl

Shloime Gorgl había nacido en junio de 1890 en la ciudad de Rovno (hoy Ucrania) en el seno de una familia judía de profundas convicciones sionistas. Había sido el vecino de mi abuela Rosa quien lo recuerda de la siguiente manera: Shloime era un loco, de talla mediana aunque bien proporcionado que lucía siempre agotado, sus facciones eran un poco abultadas. Su mentón era minúsculo, huidizo. Dos rasgos lo hacían inconfundible: su bigote y sus anteojos sin montura que escondían unos ojos pequeños, apenas dos rayas tras la que refulgían sus pupilas azules. Ojos rasgados, típicamente orientales. Ojos terribles por la penetración de la mirada que escrutaba a sus interlocutores como un escalpelo. Su extraño cuello, de aspecto enfermizo, era largo y su piel flácida y rugosa (por eso lo llamaban “Gorgl” que literalmente significa en yidish “garganta”). Parecía un cuello de viejo. Si el cuello de Shloime era el de un viejo, las manos eran de un adolescente: pequeñas y blancas, casi femeninas.

Shloime había nacido en una situación bastante humillante para los judíos que en ese momento vivían en la miseria. Había nacido en el Imperio del Zar de Rusia que perseguía a los judíos, les prohibía trabajar en algo que no fuera el comercio, les prohibía ir a universidades rusas, les prohibía vivir en lugares prósperos, los encerraba y cuando quería los asesinaba en pogromos. Era una situación bastante humillante para la milenaria comunidad judía de Rusia. El peor enemigo de los judíos antes de la existencia de Hitler era el Zar. Shloime creció en ese difícil ambiente, por eso desde joven militó en los grupos sionistas que, a diferencia de los judíos asimilados de la Europa Occidental, planeaban escaparse de Rusia para viajar y vivir en la Tierra de Israel, en ese momento bajo dominio del Imperio Otomano. No obstante, su padre nunca lo dejaba, por eso se tuvo que quedar en Rovno.

En 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, donde Rusia participó bajo el bando de los aliados. Muchos judíos fueron obligados a luchar en el ejército ruso y utilizados como carne de cañón por el cruel Zar. Shloime siempre le decía a todo el mundo que el enemigo del judío que vivía en Rusia no era el judío alemán o el judío francés, sino el mismo Zar que los gobernaba; decía una y otra vez que todos los judíos del mundo debían unirse y seguir la bandera del Sionismo para concretar el sueño de luchar por una verdadera patria judía en la Tierra de Israel. También estaban los judíos comunistas que, disputando el dominio al Sionismo para ganar las mentes de las comunidades judías rusas, hablaban de una revolución bolchevique que otorgaría plenos derechos de ciudadanía a los judíos en Rusia que pondría fin al antisemitismo, para ser reemplazado por una completa asimilación. Tanto los comunistas como los sionistas hablaban de terminar de una vez por todas, de diferentes maneras, la humillante situación de los judíos, pero ambos tenían algo en común: el odio al Zar.

Sin embargo, cuando al Zar Nicolai le convenía, dejaba de lado la discriminación antisemita y obligaba a “sus judíos” a luchar por el Imperio Ruso, mandando a los jóvenes de Rovno a las trincheras de la Primer Guerra Mundial. Hasta que le tocó a Shloime. Al principio se negó a servir a la rata Zarista alegando que no pensaba luchar por Rusia, pero fue amenazado por las autoridades diciendo que, si no cumplía con su servicio militar, sería fusilado junto con toda su familia. Shloime no tuvo otra opción.

En noviembre de 1914, a la edad de los 24 años, el soldado recluta Shloime Gorgl fue enviado a las trincheras a luchar contra los alemanes. Él era conciente de que dentro de las filas del ejército alemán había muchos soldados que eran judíos que detestaban al Sionismo, pues los judíos germanos se consideraban “alemanes de fe mosaica” y, a diferencia de los judíos rusos que vivían en una situación desesperante, ellos eran patriotas que estaban dispuestos a morir gustosos por su país, ya que en sus países eran ciudadanos con plenos derechos e igual de patriotas que el resto del pueblo alemán. Por eso Shloime no quería disparar un solo tiro, para evitar matar a un hermano hebreo, de hecho, no quería ni siquiera vestir un uniforme para servir al maldito Zar, su verdadero enemigo. Su sueño era luchar bajo la Legión Judía: unidad hebrea dentro del Ejército Británico creada por dos activistas sionistas, Ze’ev Vladimir Jabotinsky y Josef Trumpeldor (ambos judíos de Rusia), para liberar Palestina del dominio turco. Sin embargo ese sueño nunca iba a concretarse, puesto que Shloime estaba en cambio sirviendo bajo un imperio que oprimía a los judíos. Estuvo viviendo meses en esas horribles trincheras soportando condiciones de vida infrahumanas en una guerra maldita sirviendo a un imperio que no lo representaba, siendo obligado a luchar bajo un estandarte ajeno a su causa. Pero fue obligado a combatir, de lo contrario, él y su familia sería asesinada, por eso fue que cuando la unidad rusa donde servía dictó la orden de preparar las bayonetas y atacar las trincheras alemanas, él obedeció la orden.

El comandante de su unidad gritó en ruso Fpieriot (a la carga) y Shloime corrió como un soldado endemoniado a matar alemanes en las trincheras enemigas. Cuando llegó al otro extremo del campo de batalla, en las trincheras enemigas, clavó su bayoneta en la barriga de un soldado alemán, quien antes de morir gritó encogido de dolor: Shemá Israel! Shloime se quedó con la boca abierta… sí, efectivamente había matado a un soldado alemán judío, un hermano suyo… todos esos discursos que habría pronunciado contra el Zar para negarse a servir en el ejército ruso y no matar hermanos hebreos, había sido en vano, pues finalmente había asesinado a un hermano de sangre judía, alguien que, como él, había sido obligado a morir en esa maldita guerra imperialista. Shloime lloró en el campo de batalla e incluso pensó en suicidarse, pidiéndole perdón a Dios por haber asesinado a un hermano, pidiendo perdón por haberse manchado las manos de sangre judía, pidiendo perdón por haber matado a un hebreo en nombre de esa rata del Zar. Lo encerraron en un manicomio al volver a su ciudad natal en Rovno, donde se volvió loco por culpa de esa guerra.

Desde ese entonces no se supo mucho del pobre Shloime. El hermano de mi abuela en su juventud miraba desde su ventana con una sonrisa y carcajada sonora al loco Gorgl que en el jardín del manicomio actuaba todas las mañanas de soldado gritando al cielo Shemá Israel.

En junio de 1941, la Alemania Nazi rompió su tratado con Stalin e invadió la Unión Soviética, conquistando el día 22 de ese mismo mes la ciudad judía de Rovno. Detrás de la Wehrmacht (fuerzas armadas alemanas) caminaban los Einsatzgruppen: los carniceros rústicos de la SS cuyo único objetivo era masacrar a sangre fría a los civiles que se encontraban en las ciudades rusas conquistadas por el ejército alemán. La familia de mi abuela le había pedido a Shloime Gorgl que escapara con ellos a Moscú, no obstante, Shloime se negó diciendo que debía ser castigado por la sangre judía que había derramado en la Gran Guerra. La familia de mi abuela por suerte se pudo escapar, pero Shloime probablemente fue atrapado por los Einsatzgruppen y llevado a un bosque, donde fue obligado a cavar su propia fosa para luego ser fusilado salvajemente junto con hombres, mujeres, embarazadas, niños, ancianos, enfermos… y luego ser enterrado con granadas, latas de pintura y otros artefactos utilizados por los nazis para enterrar esos cuerpos y cubrir sus crímenes. Estoy seguro de que Shloime Gorgl fue una de esos seis millones de víctimas.
Honremos su memoria y la de tantos impidiendo que algo así se vuelva a repetir. Desenmascarando y combatiendo a los nuevos nazis, que no dejan de ser los mismos de siempre.
¡AM ISRAEL JAI!


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