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jueves, febrero 15, 2007

El rayo que fulmina




Al rayo que fulmina antes de que el trueno suene llama Gabriel Naudé golpe de Estado. Expresión que, nadie se asuste, carece en 1639 de la connotación traumática que reviste para nosotros.
Entre el 11 y el 14 de marzo, nadie del Gobierno Aznar escuchó trueno alguno. No era posible. Habían sido fulminados.

Con la irrevocable fulguración que precede al estruendo. Eso parece concluirse de las sesiones de la Comisión Parlamentaria. De lo que allí se dice como, sobre todo, de lo casi todo que allí se calla. De los testigos a los que se pide hablar -y fabular, a veces- como, sobre todo, de aquellos cuya presencia es prohibida por los dictados inapelables del Comando Rubalcaba. De los documentos que se hacen públicos como, sobre todo, de aquellos que se intenta ocultar en zahúrdas y desagües, reino oscuro antaño del tenebroso compañero Vera, y que, al final, acaban por emerger en la primera página de este periódico.
Todo, con empecinamiento admirable, se esfuerza en repetir, como quien calca sobre una plantilla, el paradigma GAL de los años González. La repetición, en política, anticipa la catástrofe.
El jovial Rodríguez bambolea su Gobierno sobre un soporte que, de quebrarse, haría saltar por los aires toda la etérea tramoya política en cuya ficción vivimos: el bloque Maragall-Carod. Y, tras él, la sombra jesuítica del PNV. Sabemos hoy que, según un documento confidencial de los servicios de inteligencia, Carod habría infringido gravemente la legalidad, al pactar con Otegi una jornada de agitación callejera durante el único día en el cual la legislación española -como la de cualquier otro país europeo- prohíbe formalmente movilizaciones políticas: la víspera electoral. Sabemos que el PNV no se lo tomó demasiado en serio. Sabemos que Rubalcaba y sus centurias felipistas, sí; y tenían razón: sólo cabalgando ese tipificado delito se abría la inimaginada posibilidad de derrotar en las urnas al PP.

Sabemos algo peor, infinitamente peor. Sabemos que el actual Gobierno del felipista Rodríguez ha tratado de ocultarnos esos papeles. Como cuando el GAL, ¿recuerdan? Y que, como cuando el GAL, ha tenido que ser este periódico el que asumiera el riesgo de hacer saber al ciudadano eso que el poder -el rayo que fulmina, silencioso- pretende hurtarle a cualquier precio. A cualquier precio.

Debiera, tal vez, decir: son malos tiempos. Pero sé que mentiría. Malos, lo son para quienes hayan soñado alguna vez con un Estado transparente.
Buenísimos, para quienes forjaron, hace ya dos decenios, la doctrina GAL. «Rayo que fulmina antes de que el trueno suene». Gabriel Naudé, 1639. Golpe de Estado no significaba entonces lo mismo que ahora. No se asusten.

GABRIEL ALBIAC (El Mundo 15/07/04)

Han pasado casi tres años. Comienza el juicio. ¿Hay algo claro? ¿más claro que lo que contaba Albiac en julio del 2004? Como no sea la lista de beneficiarios ....

Para el que tenga interes en saber como se organiza una movida de este tipo en el siguiente enlace puede acceder a la fonoteca de la cadena SER correspondiente a aquellos días. Escarbando un poquito (son los 4 días completos) vemos como se "maneja" la información para conseguir los fines propuestos:


Y para conocer el precio del poder no está mal echarle una ojeada a los vídeos de estos otros:



Por último un consejo del propio Albiac a las víctimas:
Nada hay más delicado que el dolor. Ni el amor siquiera. Nada posee esa pureza incompartible. Quien lo conozca sabe que, ante él, sólo el silencio vale. Y la soledad. Y que cualquier palabra –de compasión o burla, aquí, es lo mismo– trueca infinito por calderilla. No hay palabra para decir aquello que duele. Si a algo pueden los hombres seguir dando nombre de Dios, es, con exactitud, a esa experiencia fulgurante: toda voz, todo gesto, que diga decir dolor, miente. E insulta toda aquella que finja compartirlo.
Amor y dolor son mudos. O son menos que nada. Milagros delicadísimos, a los cuales mustia instantáneamente el roce de la lengua. Si a algo es posible seguir llamando teología, en las desesperadas sociedades modernas, es tan sólo a eso: a la pálida confrontación con lo que, por absoluto, no posee nombre; y que, enunciado, se trueca, conforme a la bellísima paradoja barroca, «en polvo, en humo, en sombra, en nada».
Nada. No hay Estado que no sepa que en ese relámpago de soledad reside lo único no envilecido de la mente humana: lo inaccesible. Nada. Y no hay Estado que no busque desposeer también al hombre solo y sufriente de su fiel nadería: de su solitario sufrir, que es su esencial, su única riqueza. Está dispuesto a pagar cuanto sea por apropiarse también de ese residual milagro. Porque el Estado no tolera nada inajustable a la normalidad que administra la máquina sedatoria del funcionariado.
Marx veía en la química (el opio, que, diluido en alcohol, era convencional remedio para el dolor de muelas en la primera mitad del siglo XIX) y en las certezas religiosas los dos grandes sedantes, por cuya virtud podía ser arrebatada la doliente alma a cambio de reparadores sueño y olvido. Hace de eso siglo y medio. El mundo de los hombres sigue siendo igual de «desalmado» que en 1843; igual que en todo tiempo. Los sedantes han evolucionado mucho. Al láudano de Marx o de De Quincey, lo sustituyó un arsenal minucioso de analgésicos, ansiolíticos, antidepresivos…, de selectividad y eficacia casi infalibles. A las artesanales creencias trascendentes, esta fábrica de prótesis anímicas que es el Estado moderno. Los hombres sufrieron, sufren: saber que nada borra el sufrimiento, es ser hombre. Y los psiquiatras saben –si merecen la dignidad de su oficio– que no es enfermo aquel que vive o muere en el dolor insoportable de la pérdida. Es enfermo –y terminal– quien pide que le quiten ese sufrimiento. Que es todo lo que tiene.
Ceder nuestro dolor al Estado, para que nos lo administre compasivamente, es ser esta sedada horda de sonámbulos, en la cual nos hemos ido –nos han ido– convirtiendo.
No permitas a nadie que expropie tu dolor. A nadie se lo cuentes. Nunca. A nadie. Es lo único de verdad tuyo.

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